miércoles, 24 de agosto de 2011
Callaron las palabras
Ya no llegan las palabras, callaron, enmudecieron, las almapalabras que me levantaban en vilo hacia las nubes, las que me hacían volar en sueños, las que sonaban como campanadas de gloria en mi corazón maltrecho...no, ya no llegan, ni creo que llegarán, creo que todo terminó, creo que es el final, creo que ya jamás mi alma se llenará de ese gozo que me daban sus palabras de amor.
viernes, 29 de julio de 2011
Síntesis
Él: "Te amo porque te deseo"
Ella: "Te deseo porque te amo"
¿No es acaso la síntesis exacta de cómo actúan los sentimientos y el deseo en el hombre y la mujer?
Densos velos te cubren, poesía de Olga Orozco
No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco,
ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza,
sino en esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran,
como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo.
Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,
atisbando en el cielo una señal,
la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo,
una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.
Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido
Para poder leer en estas piedras mi costado invisible.
Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.
¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo,
meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas!
Noches y días fortificada en la clausura de esta piel,
escarbando en la sangre como un topo,
removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas,
en busca de un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída.
¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular?
¿En que Delfos perdido en la corriente
suben como el vapor las voces desasidas que reclaman mi voz para manifestarse?
¿Y cómo asir el signo a la deriva -ese y no cualquier otro-
en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio?
No hay respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos,
¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades,
territorios que comunican con pantanos,
astillas de palabras y guijarros que se disuelven en la insoluble nada!
Sin embargo
ahora mismo
o alguna vez
no sé
quién sabe
puede ser
a través de las dobles espesuras que cierran la salida
o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante
creí verte surgir como una isla
quizás como una barca entre las nubes o un castillo en el que alguien canta
o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos.
¡Ah las manos cortadas,
los ojos que encandilan y el oído que atruena!
¡Un puñado de polvo, mis vocablos!
La imagen es una obra perteneciente al artista plástico cubano Dausell Valdés y se llama "Entre brumas y nieblas"
La imagen es una obra perteneciente al artista plástico cubano Dausell Valdés y se llama "Entre brumas y nieblas"
miércoles, 20 de julio de 2011
La resucitada de Emilia Pardo Bazán - (Cuento - Texto completo)
Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.
Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios..., y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.
Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena... Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.
Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó... Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.
Diez pasos hasta su morada... El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es mi casa, en efecto?», pensó, al secundar al aldabonazo firme... Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:
-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?
-Abre, Pedralvar, por tu vida... ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...
-Váyase enhoramala el borracho... ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!...
-Soy doña Dorotea... Abre... ¿No me conoces en el habla?
Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito...
Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto... De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban... ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre... Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.
Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan... Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición...
Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura... En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.
-De donde tú has vuelto no se vuelve...
Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie...
FIN
lunes, 11 de julio de 2011
Palabras de amor
Recibir de sus labios las palabras que yo escuché hoy, fue como una caricia a mis oídos, mi amor me dijo palabras tan dulces, tan tiernas y tan llenas de amor que no puedo más que venir y contarlo aquí, para poder demostrar que también puedo oir y refugiarme en almapalabras de amor. Gracias Juan Carlos, gracias mi amor.
viernes, 8 de julio de 2011
La palabra maldita
Necesitaba urgentemente venir a escribir aquí a contar lo que me acaba de pasar. Es algo que fue tan fuerte, que sigue siéndolo que debo desprenderme de su sortilegio maligno contándolo y este es justamente el lugar más indicado, el sitio donde escribo sobre palabras.
Si bien aquí en todas mis entradas creo me he referido a las palabras que vienen del alma, ahora tengo que hablar de una que contrariamente no viene del alma sino que me atacó al alma, quizás igualmente viene de un espíritu con alma maligna y por lo tanto es una almapalabra pero dañina, maligna.
Debo comenzar aunque sea sintéticamente por el principio. Tuve dos hijas, la mayor cuando tenía dieciseis años contrajo una enfermedad y se me fue por su causa. Hace ya también dieciseis años de esto. Mi hija tendría ahora treinta y tres años.
Yo nombro esa enfermedad únicamente en las ocasiones en que debo decir el motivo de la partida de mi hija. La digo o la escribo una vez y basta, es una palabra a la que le tengo un rechazo total, casi diría espanto y si lo hago en esas oportunidades pienso que puedo controlar esto último porque vengo preparada en el relato a que ella aparecerá, la menciono y basta, ya está, ya la dije, no está más, puedo seguir hablando de mi hija sin que la maligna palabra se interponga entre mi ocasional interlocutor y yo.
Bien, hasta allí todo es más o menos manejable, pero hay algo más, un problema que tengo, algo que me es muy difícil superar... y es el encontrarme de golpe con la palabra hablada o escrita en un contexto en que no la esperaba, no estaba hablando de mi hija y su enfermedad o más aún en ese momento no tenía en mi mente a mi hija, aunque seguraemente ya la tuve en la mañana o media tarde porque no hay un día de la vida en que no la recuerde una o varias veces por lo menos, cuando no todo el día.
Sucede que entre ayer y hoy me he sentido imbuída de Julio Cortázar y su obra, he visto muchos videos en youtube, he leído poemas que desconocía y lo he subido a varios de mis blogs porque siento que si bien conocía algo de su obra, ahora lo estoy viendo en toda su dimensión y me fascina. Tanto que por no encontrar el libro Rayuela que me regaló mi hija menor, me puse a leerlo desde internet y ya hace dos días que estoy abstraída con su lectura.
Debo agregar en este punto que esta abstracción me trajo asimismo sumo placer y paz, tanto que no hago otra cosa en la computadora que buscar material sobre Cortázar y al mismo tiempo leer capítulos de Rayuela, su máxima obra. En eso estaba hace unos instantes, en el capítulo 18 leyendo arrobada las frases de su libro, tan detallista en alegorías y en pequeñeces que se transforman en grandes pensamientos y de pronto... zás! el corazón que me da un golpe, la vista que se separa rápidamente de la pantalla y la oración que queda cortada en una palabra... sí, esa, la palabra maldita, un almamalignapalabra, salida del espíritu del mismísimo demonio que hizo que esa palabra designara a la enfermedad que se llevó a mi nena, a mi dulce chiquita, a mi Noelia... la palabra que rechazo y que me hizo detener sin pensarlo siquiera la lectura de mi admirado Cortázar... la palabra... leucemia
Una palabra que no merece ni siquiera un punto al terminarla, una palabra cargada de maldad, de dolor, de daño, una palabrra maligna.
Debo añadir que me decidí a contar esto, porque lo que me ocurrió fue algo muy fuerte, no solamente desvié súbitamente la mirada y mi corazón dio un salto en sus latidos, sino que cada vez que quería volver a seguir leyendo el texto, me volvía a suceder lo mismo, pasó en tres oportunidades, en la cuarta traté de hacer un trabajo de dominio de mi propia mente y me repetí varias veces antes de volver a verla "ya es sólo una palabra, no pude lograr que su significado, su contenido no se llevara a mi hija pero esto es sólo un símbolo, no va a poder ese símbolo, ese grupo de letras contra mi pacífica y placentera lectura". Volví al texto y volvía a repetirse el mismo rechazo hasta físicamente involuntario de poner la mirada sobre esas letras que componen la palabra. Entonces me dije, esto es algo que debo sacármelo y debo escribir en el blog, porque es importante contar la fuerza que pueden tener algunas palabras. Ellas no son meros fonemas que nos ayudan a interpretar algo, una situación, un objeto, una persona, una circunstancia, ellas tienen una carga emocional impresionante que tanto puede ser bella y bondadosa como puede ser como esta palabra terriblemente horrible, agresiva y detestable.
Yo soy una persona que me enorgullezco de saber que no soy capaz de odiar a nadie, por lo menos hasta ahora no he odiado a ninguna persona en la vida, hoy comprobé que odio a esta palabra y todo su contenido, todo lo terriblemente maligno que representa para un ser humano como lo fue con mi amada hija.
Si bien aquí en todas mis entradas creo me he referido a las palabras que vienen del alma, ahora tengo que hablar de una que contrariamente no viene del alma sino que me atacó al alma, quizás igualmente viene de un espíritu con alma maligna y por lo tanto es una almapalabra pero dañina, maligna.
Debo comenzar aunque sea sintéticamente por el principio. Tuve dos hijas, la mayor cuando tenía dieciseis años contrajo una enfermedad y se me fue por su causa. Hace ya también dieciseis años de esto. Mi hija tendría ahora treinta y tres años.
Yo nombro esa enfermedad únicamente en las ocasiones en que debo decir el motivo de la partida de mi hija. La digo o la escribo una vez y basta, es una palabra a la que le tengo un rechazo total, casi diría espanto y si lo hago en esas oportunidades pienso que puedo controlar esto último porque vengo preparada en el relato a que ella aparecerá, la menciono y basta, ya está, ya la dije, no está más, puedo seguir hablando de mi hija sin que la maligna palabra se interponga entre mi ocasional interlocutor y yo.
Bien, hasta allí todo es más o menos manejable, pero hay algo más, un problema que tengo, algo que me es muy difícil superar... y es el encontrarme de golpe con la palabra hablada o escrita en un contexto en que no la esperaba, no estaba hablando de mi hija y su enfermedad o más aún en ese momento no tenía en mi mente a mi hija, aunque seguraemente ya la tuve en la mañana o media tarde porque no hay un día de la vida en que no la recuerde una o varias veces por lo menos, cuando no todo el día.
Sucede que entre ayer y hoy me he sentido imbuída de Julio Cortázar y su obra, he visto muchos videos en youtube, he leído poemas que desconocía y lo he subido a varios de mis blogs porque siento que si bien conocía algo de su obra, ahora lo estoy viendo en toda su dimensión y me fascina. Tanto que por no encontrar el libro Rayuela que me regaló mi hija menor, me puse a leerlo desde internet y ya hace dos días que estoy abstraída con su lectura.
Debo agregar en este punto que esta abstracción me trajo asimismo sumo placer y paz, tanto que no hago otra cosa en la computadora que buscar material sobre Cortázar y al mismo tiempo leer capítulos de Rayuela, su máxima obra. En eso estaba hace unos instantes, en el capítulo 18 leyendo arrobada las frases de su libro, tan detallista en alegorías y en pequeñeces que se transforman en grandes pensamientos y de pronto... zás! el corazón que me da un golpe, la vista que se separa rápidamente de la pantalla y la oración que queda cortada en una palabra... sí, esa, la palabra maldita, un almamalignapalabra, salida del espíritu del mismísimo demonio que hizo que esa palabra designara a la enfermedad que se llevó a mi nena, a mi dulce chiquita, a mi Noelia... la palabra que rechazo y que me hizo detener sin pensarlo siquiera la lectura de mi admirado Cortázar... la palabra... leucemia
Una palabra que no merece ni siquiera un punto al terminarla, una palabra cargada de maldad, de dolor, de daño, una palabrra maligna.
Debo añadir que me decidí a contar esto, porque lo que me ocurrió fue algo muy fuerte, no solamente desvié súbitamente la mirada y mi corazón dio un salto en sus latidos, sino que cada vez que quería volver a seguir leyendo el texto, me volvía a suceder lo mismo, pasó en tres oportunidades, en la cuarta traté de hacer un trabajo de dominio de mi propia mente y me repetí varias veces antes de volver a verla "ya es sólo una palabra, no pude lograr que su significado, su contenido no se llevara a mi hija pero esto es sólo un símbolo, no va a poder ese símbolo, ese grupo de letras contra mi pacífica y placentera lectura". Volví al texto y volvía a repetirse el mismo rechazo hasta físicamente involuntario de poner la mirada sobre esas letras que componen la palabra. Entonces me dije, esto es algo que debo sacármelo y debo escribir en el blog, porque es importante contar la fuerza que pueden tener algunas palabras. Ellas no son meros fonemas que nos ayudan a interpretar algo, una situación, un objeto, una persona, una circunstancia, ellas tienen una carga emocional impresionante que tanto puede ser bella y bondadosa como puede ser como esta palabra terriblemente horrible, agresiva y detestable.
Yo soy una persona que me enorgullezco de saber que no soy capaz de odiar a nadie, por lo menos hasta ahora no he odiado a ninguna persona en la vida, hoy comprobé que odio a esta palabra y todo su contenido, todo lo terriblemente maligno que representa para un ser humano como lo fue con mi amada hija.
miércoles, 29 de junio de 2011
Dos timbres telefónicos
Esta tarde sonaron dos timbres de teléfono, los escuché pero estaba dormida, no atendí. Imagino, es más, estoy segura que eras vos, esa es tu forma de expresarte, esas son tus palabras conmigo. Lo fueron desde hace muchos años en que lo convinimos. Era nuestro código, nuestro decirnos "pienso en vos" o "si podés llamame" o "si pudiera te llamaría" o quizás era un... "te quiero".
La modernidad trajo la tecnología, ya no enviamos palabras de amor por carta de papel, lo hacemos vía mail o mensaje de texto o palabras habladas por teléfono. Pero los más pobres de amor, los que tenemos un amor prohibido, de esos que es muy difícil compartir ambos, porque la distancia nos separa, porque una mujer y unos hijos nos separan, porque una hija adulta pero conviviente nos separa, porque el tiempo ya nos separó casi del todo; nosotros... los pobres de amor... nos mantenemos unidos por pequeños hilos, palabras en código que al fin de cuentas, son también almapalabras, un código en timbres telefónicos por ejemplo... son nuestras palabras de amor.
La modernidad trajo la tecnología, ya no enviamos palabras de amor por carta de papel, lo hacemos vía mail o mensaje de texto o palabras habladas por teléfono. Pero los más pobres de amor, los que tenemos un amor prohibido, de esos que es muy difícil compartir ambos, porque la distancia nos separa, porque una mujer y unos hijos nos separan, porque una hija adulta pero conviviente nos separa, porque el tiempo ya nos separó casi del todo; nosotros... los pobres de amor... nos mantenemos unidos por pequeños hilos, palabras en código que al fin de cuentas, son también almapalabras, un código en timbres telefónicos por ejemplo... son nuestras palabras de amor.
lunes, 20 de junio de 2011
Palabras que brotan del alma
Almapalabras, palabras brotadas del alma, palabras que me identifican, que muestran lo más profundo de mi ser, porque en mi alma se anidan todos mis sentimientos, mi alma guarda mi amor por vos...
Almapalabras para decirte que a pesar de todo te sigo queriendo, para decirte que sin vos la vida se hizo difícil, que desde aquel día en que nos separaron, nos cambiaron el destino y no fue bueno...
Almapalabras para que sepas que siempre estuviste dentro de mi corazón y que nuestros encuentros fueron pocos y esporádicos desde aquella triste despedida pero aún así... yo sigo amándote...
Almapalabras para contarte que a aunque haya vivido la vida sin vos siempre a mi manera... estuve a tu lado...
Almapalabras para soñar con que todavía tenemos un poco de tiempo y quizás... quién sabe...
Almapalabras para gritar a viva voz este amor que brotó en mi corazón a los quince años y que hoy, mucho después... sigue vivo...
Almapalabras al fin, para decir... te amo Juan Carlos...
jueves, 16 de junio de 2011
Lisa di Noldo Cuento de Luis López Nieves
No es que la comida francesa sea mala, bastante fama tiene, pero durante mi quinto día en París, cuando al fin realizaba mi sueño de pasar un día completo en el famoso Museo del Louvre, se me descompuso el estómago de pronto y tuve que correr hasta el baño más cercano. No sé si se debió a las ricas cenas carnívoras que cada noche, en busca de la novedad, disfrutaba en un restaurante diferente del Quartier Latin, o a los croque-messieurs y a las crêpes que durante el día me atragantaba, de pie, en cualquier brasserie. Pero lo cierto es que de pronto tuve que correr. No digo más. Basta señalar que los baños del museo más famoso del mundo son limpios: cualquier otro detalle sería imprudente. En el momento del primer retortijón estaba en uno de los pisos más altos y remotos del Museo, y había corrido hasta el baño más cercano, por lo que me sentía bastante aislado del bullicio y escuchaba poco movimiento. En el tiempo que estuve allí sólo entraron cinco o seis hombres: el último anunció algo en voz alta, pero debido a mi francés defectuoso y al dolor de mis entrañas no entendí lo que dijo.
Varias veces me sentí aliviado, libre para volver al Museo al fin, pero cuando me enderezaba, me lavaba las manos y trataba de acercame a la salida, de repente me veía obligado a regresar con prisa al cubículo. No daré más detalles. Creo que estuve en el baño al menos noventa minutos. Terminado mi calvario, no sólo me lavé las manos sino que aproveché para enjuagarme la cara y mojarme el pelo. Me miré en el espejo y la verdad es que ya era otro: tenía el rostro pacífico y se me había calmado el estómago. Ahora sólo tenía ganas de volver a los salones del Museo.
Al abrir la puerta del baño me encontré ante una galería oscura: con esfuerzo, y gracias a la luz indirecta que salía del baño, podía distinguir las siluetas de los cuadros en las paredes, pero las luces del Museo estaban apagadas. Tampoco escuchaba a nadie. Miré mi reloj: ya eran las siete y diez de la noche; el Museo cerraba a las seis. Agarrado de las paredes, muy despacio, empecé a buscar una salida, pero a cada paso mío se hacía más oscuro y llegó el momento en que casi no veía nada. ¿Qué hacer?
No tenía fósforos, porque no fumo. No encontraba botones de emergencia, ventanas ni teléfonos. No hallaba las escaleras. Nada. ¿Cómo llegar a la salida? Tanteando muy despacio, agarrado de las paredes, recorrí las galerías durante más de dos horas. Me perdí en ese laberinto de pinturas y esculturas. Rendido, sin esperanzas de encontrar una salida hasta que llegaran los empleados por la mañana, decidí regresar a la abundante luz del baño donde podría pensar un poco y examinar mis opciones. Pero tan pronto empecé a buscar el baño comprendí de golpe que había perdido toda orientación y que ya no sabía si iba o venía. Estaba en una galería de tapices renacentistas. Olía a humedad, a viejo, a tiempo detenido. El silencio era perfecto. Frustrado, angustiado, me senté en una esquina con los codos sobre las rodillas, como un niño. Fijé la vista sobre el tapiz que tenía justo al frente, en el que se representaba un banquete del Renacimiento. En el centro de la mesa llamaba la atención una espléndida bandeja de oro, con incrustaciones de madreperla y lapislázuli, repleta de frutas suculentas. A pesar de las tinieblas, y de la antigüedad del tapiz, las frutas estaban tan bien hechas que sentí hambre y la boca se me hizo agua. Al mismo tiempo una brisa ligera, que surgió de la nada, me refrescó el rostro. Escuché un sonido suave, ingrávido, como los pasos de una mujer descalza. Con el rabo del ojo me pareció ver, de pronto, una sombra que se movía. Me puse de pie al instante y comprobé que no era una aparición, sino una elegante mujer de carne y hueso que se me acercaba.
No era hermosa ni fea: vestía un traje negro de mangas largas y amplio escote redondo; sobre los hombros llevaba una estola arcaica, del mismo color. El largo cabello, peinado con una simple partidura en el centro, era oscuro y algo ondulado. Un velo de gasa muy fina le cubría la parte de arriba de la cabeza, como una corona. Aunque calculé que tan sólo tendría unos 29 años de edad, su aire era anacrónico; aun así me atrajo su sonrisa autónoma, que no guardaba relación con el momento ni el lugar en que ambos estábamos atrapados.
La mujer me miraba con toda la sabiduría del mundo, como si ya supiera quién era yo, dónde vivía y por qué me había perdido como un imbécil en el Museo.
–Ah, ¿también perdida? –exclamé sin pensarlo mucho. Quizás pude haber dicho algo más inteligente o menos predecible, pero estaba nervioso.
–No, no –dijo sin perder la sonrisa–. Vivo aquí.
Hablaba con acento raro, pero no era francesa. Andaluza o siciliana, tal vez. De Creta, Cerdeña o del Algarbe, también era posible. Pero no de Francia.
–¿En París?
–En el Museo, desde hace muchos años.
–Claro –dije–. En el Museo. ¿Y cómo te alimentas?
–De las miradas. De los elogios. Desde muy lejos vienen a visitarme.
–Bueno, entonces conoces bien el edificio.
–Cada palmo, recodo y nicho. Durante trescientos años he caminado estas galerías todas las noches.
–¡Trescientos años! Entonces lo conoces muy bien. ¿Puedes ayudarme a salir?
–Claro, ahora mismo puedo llevarte al vestíbulo, pero preferiría charlar un poco. ¿Tienes prisa?
Reexaminé a la mujer con la vista, sin decir palabra. Colocó la mano derecha sobre la izquierda, ambas al nivel de la cintura, y esperó a que terminara mi inspección. Con la sonrisa decía todo y nada.
–¡Eres La Gioconda, Monna Lisa! –exclamé de golpe.
–Desde el día en que me casé, hace muchos años.
–Lisa es lindo, pero nunca entendí el "monna". Es selvático.
–No, no. Viene de señora, "madonna". Mi nombre de soltera fue Lisa di Noldo, si te gusta más.
–Lisa di Noldo –repetí el melódico nombre–. Me gusta más.
–Debes tener hambre.
–Mucha, desde que vi las frutas de ese tapiz.
–Pero están viejas –acentuó la sonrisa un poco–. Ven, sé dónde puedes comer algo.
Con su mano fría, suave, tomó la mía y me llevó al centro mismo de la oscuridad. Yo no veía nada, ni siquiera la mano libre que colocaba frente a mi rostro para protegerlo de lo desconocido. Pero ella me guiaba con paso seguro, rápido, como si camináramos a plena luz del día. Me inspiró una cierta tranquilidad y me dejé llevar, aunque de todos modos, como simple reflejo o por alguna profunda desconfianza que no quería admitir, conservaba mi mano libre como un escudo frente a mi rostro indefenso.
–Puedes bajar la mano, sé lo que hago –dijo, como si me leyera los pensamientos. Con un ligero bochorno, la bajé de una vez. No sabía si ella, en las tinieblas, había notado mi sonrojo.
El paseo no fue breve. Bajamos unas cinco escaleras y tuve la impresión de que cruzábamos el edificio de un lado al otro, aunque no estaba seguro porque llevaba mucho tiempo desorientado. Mi único contacto con el mundo era aquella suave mano que me guiaba con dulzura, el susurro de sus faldas que rozaban el piso y el tenue olor bucólico que emanaba de su cuerpo invisible.
Al fin Lisa se detuvo, abrió una puerta y encendió la luz. La claridad súbita me deslumbró durante varios segundos, pero pronto descubrí que estábamos en una cafetería.
–Comida como tal no hay. Pero puedes saciar el hambre con esos víveres modernos –indicó mientras señalaba unas tablillas repletas de bolsas de papitas fritas y de otras meriendas embolsadas. Había también una máquina de refrescos.
Agarré cuatro bolsas de papitas y me serví una Coca-Cola grande. Ella no quiso nada. Busqué con la vista alguna mesa que estuviera cerca de una ventana, pero no había ventanas. Nos sentamos en la primera mesa.
–¿Cómo anda el mundo? –preguntó Lisa–. Por favor dime todo lo que sepas.
–¿Dónde te quedaste?
–¿Leonardo sigue famoso en Italia?
–¿Da Vinci? Famosísimo en el mundo entero, gracias a ti.
–Al contrario, yo le debo la fama –dijo, pero su sonrisa críptica me creó la duda de si hablaba en serio.
–¿Tus últimas noticias son del siglo XVI?
–No, no. Me hablaron de la liberación femenina. ¿Las mujeres aún visten como los hombres?
–¿Quién te dijo semejante barbaridad? –exclamé sorprendido–. Las mujeres nunca se han vestido como nosotros.
–Las he visto. Y hace unos años Magdalena, una doncella de Madrid, se quedó atrapada. Pasamos la noche platicando. En esa misma silla comió, como tú. Vestía calzas parecidas a las tuyas, no llevaba traje de mujer.
No era difícil hablar con Lisa. Me hacía una pregunta tras otra, entusiasmada, con la alegría de una niña pero la inteligencia de una mujer madura. Antes de terminar mis respuestas me lanzaba nuevas preguntas, a veces de dos en dos, o de tres en tres. Quería saberlo todo, ponerse al día, enterarse de lo que ocurría en ese mundo externo que tanto celebraba a La Gioconda, pero que ella apenas conocía. No era presumida, no parecía consciente de su fama. Hablaba con la curiosidad de una persona ordinaria y celebraba mis noticias como si ocurrieran ante sus ojos. En algún momento de la noche, que ya no puedo precisar, comprendí de golpe que me había enamorado, que a partir de ese encuentro mi vida ya no podría ser la misma.
Ya le había contado a Lisa sobre Garibaldi y la unificación italiana, que ella casi no podía creer; me disponía a contarle sobre el Che Guevara y la historia de América Latina, pero de pronto se puso de pie, sobresaltada, y me agarró la mano.
–Amanece. Debes irte. Ven, ven.
Nuevamente me llevó de la mano por las oscuras galerías. Iba con mucha prisa, casi corriendo, repitiendo de vez en cuando que debíamos apurarnos para que no la vieran los empleados. Llegamos finalmente a una habitación algo iluminada: por debajo de la puerta entraba luz suficiente para ver el rostro exquisito de Lisa.
–Hasta aquí llego, salió el sol. Al cruzar esa puerta entrarás a un vestíbulo iluminado. Todavía te faltarán unos cien codos para llegar a la salida del edificio, que está cerrada. Sólo podrás salir si los centinelas te abren. Ten cuidado. Y no me olvides –dijo en voz baja –, no me olvides.
Me miró con esa famosa expresión que no describiré, porque millones de personas lo han intentado sin éxito durante quinientos años. Había alegría en su rostro, pero también tristeza. Entonces, en cuestión de segundos, por impulso y sin planearlo, di el paso que habría de marcar el resto de mi vida: besé la boca más famosa del mundo.
Lisa no me rechazó: tampoco me abrazó. Para una mujer de su tiempo no es fácil besar a un hombre la primera noche. Todavía hay mujeres así en el mundo, y yo había conocido a varias, por eso reconocí la reacción de una mujer que quiere pero no debe, o que cree querer pero no está segura. Sostuve el beso; ella esperaba pasiva, pero sin repudio. Al despegarme bajó la mirada y guardó silencio por primera vez en toda la noche. La famosa sonrisa de siempre, el extraordinario signo de interrogación del que tanto se ha hablado en el mundo, había desaparecido: ante mí tenía ahora un tímido rostro sonrojado. Le levanté el mentón con el dedo. Me miró a los ojos con los suyos humedecidos y ya no fue necesario decir más.
Me apretó la mano:
–Debes irte. Podrían verme.
De repente agarró mis manos entre las suyas, me las besó varias veces y corrió hasta perderse en la oscuridad de los salones. Cerca de mí, detrás de la puerta que llevaba al vestíbulo iluminado, comencé a escuchar voces y pasos: los empleados empezaban a ocupar sus puestos de trabajo. Había llegado la hora de salir y de contarle a los guardias sobre mi prisión accidental. Abrí la puerta y sólo pude dar dos pasos: la luz contundente del vestíbulo me deslumbró. Ciego, desconcertado, me cubrí los ojos con las manos: escuché los gritos de los empleados asombrados, la viril conmoción de los guardias, los estridentes chillidos de la alarma. Varios guardias corrían hacia mí. De pronto sentí un fuerte golpe en las espaldas, caí al piso boca abajo, una rodilla dura me apretó el cuello contra el suelo y perdí el sentido.
¿Por qué? ¿Por qué carajo no me quedé en el Museo con Lisa? ¿Por qué no corrí tras ella en la oscuridad? ¿Por qué me fui ese día, como un cobarde? Hay decisiones, tomadas en sólo tres segundos, que marcan el resto de una vida.
La policía francesa, con la ayuda pertinaz de mi embajada, finalmente se convenció de que yo no era un ladrón y me dejó libre. Despidieron al guardia incompetente que había anunciado en el baño, en voz alta, que el Museo cerraba, pero que por prisa o vagancia no había examinado todos los cubículos ni apagado la luz, según le correspondía.
Desde el primer día que salí de la cárcel empecé a visitar a Lisa, pero ya no era igual. No estábamos solos; apenas podía verla debido a la grotesca aglomeración de turistas majaderos que siempre exclamaban lo mismo: "¡Es tan pequeña!" A veces yo la contemplaba durante horas, sin moverme, y creía notar un leve guiño para mí, un ligero saludo, pero lo mismo decían los turistas: "Mamá, parece que me sonríe". "Papá, mira, adonde quiera que me muevo me sigue con la vista". ¡Insoportable! Locos, locos todos.
Decidí que no abandonaría a Lisa. Les ordené a mis abogados que vendieran todos mis bienes y que me enviaran el dinero a París, donde compré un apartamiento. Contraté un abogado francés, trasladé la administración de mis bonos y acciones hasta acá, y terminé por cortar todos los hilos que me ataban a la patria. En París gozaría de holgura económica y de entera libertad para estar con mi Lisa.
Todos los días la visitaba, desde las primeras horas hasta que el Museo cerraba. Imaginaba conversaciones con ella, le hablaba con el pensamiento. Al principio la situación fue tolerable: sufría breves ataques de angustia, cierto, pero siempre volvía a la esperanza, a la ciega esperanza. Sin embargo, al quinto mes de estar en París ya empezaba a desesperarme de veras. Necesitaba más. Ya no podía compartir a mi Lisa con esa manada de necios que no hacía más que repetir sandeces e imaginarse –locos delirantes– que mi adorada les sonreía. ¡Insufrible!
No sé, en realidad no sé qué habría sido de mí si ella no hubiera tomado la iniciativa. Comenzaba mi sexto mes en París y llegué al Museo temprano, como siempre, aunque bastante deprimido. Me detuve frente a mi amada para darle los acostumbrados buenos días antes de que llegara la gran masa de necios, pero me quedé boquiabierto cuando el rostro de Lisa asumió de repente un gesto suplicante. Fue muy claro el ademán, no tuve duda alguna: me imploró que volviera. No fue mi imaginación: el escaso público también se dio cuenta de que algo había ocurrido en el semblante de Lisa. Hubo un notable murmullo y varias exclamaciones de miedo. En pocos minutos llegaron varios guardianes y curadores, a quienes los turistas les contaron que la bella sonrisa de La Gioconda se había transformado, por unos segundos, en un gesto de súplica. Ya no necesité más. No necesité más. Era evidente que no me lo había imaginado ni me estaba volviendo loco. Lisa me necesitaba.
Esa fue la primera noche en que traté de esconderme a la hora del cierre. Intenté todo. Me sentaba en la esquina remota de algún salón poco visitado, me paraba detrás de una estatua, me escondía en un entrepiso, pero siempre llegaba un guardián y me decía que debía salir porque estaban cerrando. De más está decir que lo primero que probé fue el mismo baño en que me había quedado la primera vez, pero el sustituto del guardián despedido cumplía sus tareas con el celo excesivo de un novato. Una tarde, en un cubículo, llegué a trepar los pies sobre el inodoro, pero el guardián abría cada puerta una por una y se cercioraba de que no hubiera nadie.
Cerca de seis semanas duró este suplicio. De día acompañaba a Lisa y le indicaba, por medio de ligeros gestos, que estaba en camino, que tuviera paciencia. De tarde hacía un nuevo intento que nunca podía ser demasiado obvio, porque me arriesgaba a que me arrestaran por tentativa de hurto, en cuyo caso, ya preso, nunca volvería a ver a Lisa. Yo no podía dejarla sola, por eso toda maniobra mía debía parecer accidental, como ocurrió la primera vez. En fin, una noche se me ocurrió una nueva estrategia, bastante más arriesgada que las anteriores. A la hora del cierre me fui al baño de la primera noche, que tenía cinco inodoros con sus cubículos. Entré al tercero, cerré la puerta con seguro y trepé los pies sobre el inodoro. A los pocos minutos llegó el guardián y gritó desde la puerta:
– On ferme maintenant. Sortez, s'il vous plaît.
Caminó hasta el primer cubículo y abrió la puerta con un golpe de la mano: ésta chocó con la pared y volvió a cerrarse. Hizo lo mismo con la segunda puerta. Me preparé. Cuando golpeó la tercera puerta, que no abrió, aproveché el ruido para deslizarme por debajo del panel divisorio y llegar al segundo cubículo. Me trepé rápidamente al inodoro. El guardia, irritado, preguntó en voz alta si había alguien dentro. Luego se metió por debajo de la puerta, quitó el seguro y abrió. Aproveché el bullicio para deslizarme debajo del panel y pasar al primer cubículo. Muy molesto, el guardia dijo una frase que interpreté como "malditos bromistas de mierda", aunque no puedo estar seguro porque lo dijo muy rápido. Continuó su tarea donde se había quedado: empujó la puerta de los cubículos cuarto y quinto, regresó a la entrada del baño, apagó las luces y salió.
Unos treinta minutos estuve sin moverme, acuclillado sobre el primer inodoro, tieso de miedo. Debía estar seguro de que no quedaba nadie en las galerías del Museo. Al fin, cuando pensé que ya no había peligro, salí del cubículo y prendí la luz. Me lavé la cara con agua fría, me peiné y partí entusiasmado a buscar a mi querida Lisa, pero no fue necesario: me esperaba ante la puerta, con su famosa sonrisa y los brazos cruzados.
–¿Por qué tardaste tanto? –me reprochó con cariño.
Los labios más conocidos del mundo y el cuerpo más desconocido: ambos fueron míos esa noche, la más gloriosa de mi vida. Le dije que la amaba; respondió, con la voz entrecortada, que no quería vivir un día más sin mí. No digo más. Así pasamos la noche, entre declaraciones de amor, anécdotas sobre nuestros seis meses de separación y la historia del Che Guevara que finalmente, entre caricias y caricias, pude contarle a mi curiosa Lisa. No daré más detalles.
Yo le besaba la parte de atrás del cuello, que como todo su cuerpo olía a paisajes y flores, cuando de pronto, alarmada, me apretó la mano y casi gritó:
–Amanece, caro mío. Debes irte. Ven, ven.
Nos pusimos de pie y ella quiso llevarme de la mano hasta la salida. Pero me negué a moverme.
–No me voy –dije–. Me quedo contigo.
–No, no. Qué dices. Nos descubrirán.
–No importa. Me quedo.
–Te harán daño. Te desterrarán. Estarás lejos de mí y no podré soportarlo.
–Pues piensa en algo rápido, porque no me iré de tu lado.
–¡Caro mío! –exclamó desesperada–. Están entrando. Llegarán en un momento.
La besé con fuerzas, la apreté entre mis brazos y le repetí que no me iría.
–Caro mío, hay una posibilidad. Tal vez la haya –dijo halándome la mano–. Ven, rápido. Sígueme. Tengo una idea.
–¿Adónde vamos?
Tiró con fuerza de mi mano y sin decir otra palabra nos internamos en la oscuridad total.
Lisa y yo vivimos felices en París, en el Museo del Louvre. Durante el día, cierto, ella le pertenece a la humanidad, pero de noche es sólo mía. Contrario a lo que piensan algunos idiotas, sí es posible vivir únicamente del amor. Hace años que, como ella, ya no me hace falta la comida. Nos alimentamos mutuamente porque sólo necesito su presencia, su hermosa conversación, sus suaves caricias plácidas. Y no me canso de explorar este cuerpo exquisito que Leonardo tuvo la genialidad de ocultarle al mundo bajo un traje negro y un manto oscuro. A mi querida Lisa vienen a contemplarla todos los días desde cada país de la tierra. Unas cuantas galerías más arriba, en la remota sala de tapices italianos del Renacimiento, nadie ha notado que en el tapiz llamado "El Banquete", justo al lado de la espléndida bandeja de oro con incrustaciones de madreperla y lapislázuli, hay un nuevo invitado que no tiene cara de florentino ni de italiano. Mientras ninguno de los empleados lo note, estaré a salvo.
Fuente. Ciudad Seva (sucripción personal)
Melan
sábado, 11 de junio de 2011
JULIO CORTÁZAR - Instrucciones para llorar - Texto completo
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
FIN
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