miércoles, 24 de agosto de 2011

Callaron las palabras





Ya no llegan las palabras, callaron, enmudecieron, las almapalabras que me levantaban en vilo hacia las nubes, las que me hacían volar en sueños, las que sonaban como campanadas de gloria en mi corazón maltrecho...no, ya no llegan, ni creo que llegarán, creo que todo terminó, creo que es el final, creo que ya jamás mi alma se llenará de ese gozo que me daban sus palabras de amor.

viernes, 29 de julio de 2011

Síntesis



Él: "Te amo porque te deseo"

Ella: "Te deseo porque te amo"

¿No es acaso la síntesis exacta de cómo actúan los sentimientos y el deseo en el hombre y la mujer?

Densos velos te cubren, poesía de Olga Orozco





No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco,

ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza,

sino en esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran,

como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo.

Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,

atisbando en el cielo una señal,

la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo,

una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.

Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido

Para poder leer en estas piedras mi costado invisible.



Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.

¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo,

meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas!

Noches y días fortificada en la clausura de esta piel,

escarbando en la sangre como un topo,

removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas,

en busca de un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída.

¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular?

¿En que Delfos perdido en la corriente

suben como el vapor las voces desasidas que reclaman mi voz para manifestarse?

¿Y cómo asir el signo a la deriva -ese y no cualquier otro-

en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio?

No hay respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos,

¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades,

territorios que comunican con pantanos,

astillas de palabras y guijarros que se disuelven en la insoluble nada!



Sin embargo

ahora mismo

o alguna vez

no sé

quién sabe

puede ser

a través de las dobles espesuras que cierran la salida

o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante

creí verte surgir como una isla

quizás como una barca entre las nubes o un castillo en el que alguien canta

o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos.



¡Ah las manos cortadas,

los ojos que encandilan y el oído que atruena!

¡Un puñado de polvo, mis vocablos!



La imagen es una obra perteneciente al artista plástico cubano Dausell Valdés y se llama "Entre brumas y nieblas"





miércoles, 20 de julio de 2011

La resucitada de Emilia Pardo Bazán - (Cuento - Texto completo)



Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios..., y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena... Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó... Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada... El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es mi casa, en efecto?», pensó, al secundar al aldabonazo firme... Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Pedralvar, por tu vida... ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...

-Váyase enhoramala el borracho... ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!...

-Soy doña Dorotea... Abre... ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito...

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto... De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban... ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre... Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan... Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición...

Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura... En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

-De donde tú has vuelto no se vuelve...

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie...



FIN

lunes, 11 de julio de 2011

Palabras de amor


Recibir de sus labios las palabras que yo escuché hoy, fue como una caricia a mis oídos, mi amor me dijo palabras tan dulces, tan tiernas y tan llenas de amor que no puedo más que venir y contarlo aquí, para poder demostrar que también puedo oir y refugiarme en almapalabras de amor. Gracias Juan Carlos, gracias mi amor.

viernes, 8 de julio de 2011

La palabra maldita

Necesitaba urgentemente venir a escribir aquí a contar lo que me acaba de pasar. Es algo que fue tan fuerte, que sigue siéndolo que debo desprenderme de su sortilegio maligno contándolo y este es justamente el lugar más indicado, el sitio donde escribo sobre palabras.
 Si bien aquí en todas mis entradas creo me he referido a las palabras que vienen del alma, ahora tengo que hablar de una que contrariamente no viene del alma sino que me atacó al alma, quizás igualmente viene de un espíritu con alma maligna y por lo tanto es una almapalabra pero dañina, maligna.
 Debo comenzar aunque sea sintéticamente por el principio. Tuve dos hijas, la mayor cuando tenía dieciseis años contrajo una enfermedad y se me fue por su causa. Hace ya también dieciseis años de esto. Mi hija tendría ahora treinta y tres años.
 Yo nombro esa enfermedad únicamente en las ocasiones en que debo decir el motivo de la partida de mi hija. La digo o la escribo una vez y basta, es una palabra a la que le tengo un rechazo total, casi diría espanto y si lo hago en esas oportunidades pienso que puedo controlar esto último porque vengo preparada en el relato a que ella aparecerá, la menciono y basta, ya está, ya la dije, no está más, puedo seguir hablando de mi hija sin que la maligna palabra se interponga entre mi ocasional interlocutor y yo.
 Bien, hasta allí todo es más o menos manejable, pero hay algo más, un problema que tengo, algo que me es muy difícil superar... y es el encontrarme de golpe con la palabra hablada o escrita en un contexto en que no la esperaba, no estaba hablando de mi hija y su enfermedad o más aún en ese momento no tenía en mi mente a mi hija, aunque seguraemente ya la tuve en la mañana o media tarde porque no hay un día de la vida en que no la recuerde una o varias veces por lo menos, cuando no todo el día.
 Sucede que entre ayer y hoy me he sentido imbuída de Julio Cortázar y su obra, he visto muchos videos en youtube, he leído poemas que desconocía y lo he subido a varios de mis blogs porque siento que si bien conocía algo de su obra, ahora lo estoy viendo en toda su dimensión y me fascina. Tanto que por no encontrar el libro Rayuela que me regaló mi hija menor, me puse a leerlo desde internet y ya hace dos días que estoy abstraída con su lectura.
 Debo agregar en este punto que esta abstracción me trajo asimismo sumo placer y paz, tanto que no hago otra cosa en la computadora que buscar material sobre Cortázar y al mismo tiempo leer capítulos de Rayuela, su máxima obra. En eso estaba hace unos instantes, en el capítulo 18 leyendo arrobada las frases de su libro, tan detallista en alegorías y en pequeñeces que se transforman en grandes pensamientos y de pronto... zás! el corazón que me da un golpe, la vista que se separa rápidamente de la pantalla y la oración que queda cortada en una palabra... sí, esa, la palabra maldita, un almamalignapalabra, salida del espíritu del mismísimo demonio que hizo que esa palabra designara a la enfermedad que se llevó a mi nena, a mi dulce chiquita, a mi Noelia... la palabra que rechazo y que me hizo detener sin pensarlo siquiera la lectura de mi admirado Cortázar... la palabra... leucemia
  Una palabra que no merece ni siquiera un punto al terminarla, una palabra cargada de maldad, de dolor, de daño, una palabrra maligna.
  Debo añadir que me decidí a contar esto, porque lo que me ocurrió fue algo muy fuerte, no solamente desvié súbitamente la mirada y mi corazón dio un salto en sus latidos, sino que cada vez que quería volver a seguir leyendo el texto, me volvía a suceder lo mismo, pasó en tres oportunidades, en la cuarta traté de hacer un trabajo de dominio de mi propia mente y me repetí varias veces antes de volver a verla "ya es sólo una palabra, no pude lograr que su significado, su contenido no se llevara a mi hija pero esto es sólo un símbolo, no va a poder ese símbolo, ese grupo de letras contra mi pacífica y placentera lectura". Volví al texto y volvía a repetirse el mismo rechazo hasta físicamente involuntario de poner la mirada sobre esas letras que componen la palabra. Entonces me dije, esto es algo que debo sacármelo y debo escribir en el blog, porque es importante contar la fuerza que pueden tener algunas palabras. Ellas no son meros fonemas que nos ayudan a interpretar algo, una situación, un objeto, una persona, una circunstancia, ellas tienen una carga emocional impresionante que tanto puede ser bella y bondadosa como puede ser como esta palabra terriblemente horrible, agresiva y detestable.
 Yo soy una persona que me enorgullezco de saber que no soy capaz de odiar a nadie, por lo menos hasta ahora no he odiado a ninguna persona en la vida, hoy comprobé que odio a esta palabra y todo su contenido, todo lo terriblemente maligno que representa para un ser humano como lo fue con mi amada hija.

miércoles, 29 de junio de 2011

Dos timbres telefónicos

Esta tarde sonaron dos timbres de teléfono, los escuché pero estaba dormida, no atendí. Imagino, es más, estoy segura que eras vos, esa es tu forma de expresarte, esas son tus palabras conmigo. Lo fueron desde hace muchos años en que lo convinimos. Era nuestro código, nuestro decirnos "pienso en vos" o "si podés llamame" o "si pudiera te llamaría" o quizás era un... "te quiero".
 La modernidad trajo la tecnología, ya no enviamos palabras de amor por carta de papel, lo hacemos vía mail o mensaje de texto o palabras habladas por teléfono. Pero los más pobres de amor, los que tenemos un amor prohibido, de esos que es muy difícil compartir ambos, porque la distancia nos separa, porque una mujer y unos hijos nos separan, porque una hija adulta pero conviviente nos separa, porque el tiempo ya nos separó casi del todo; nosotros... los pobres de amor... nos mantenemos unidos por pequeños hilos, palabras en código que al fin de cuentas, son también almapalabras, un código en timbres telefónicos por ejemplo... son nuestras palabras de amor.